
Nací en 1986. Cuando era chica, para ir de visita a lo de mis abuelos, debíamos ir por la Avenida Libertador y pasar por el frente de la Esma. Antes de subir al auto, siempre calculaba de antemano en qué lugar debía sentarme para ver la Esma de frente. Entonces me peleaba con mi hermana para ir detrás del asiento de mi padre. Siempre igual. Iba en silencio, pegaba la cara a la ventanilla y puteaba para mis adentros sin despegar los ojos del edificio de las 4 columnas. Fui a un colegio bastante progre en donde esas cosas se sabían desde muy temprano. Tenía muy pocos años pero ya sabía que ese lugar era un lugar horrible donde los hijos de puta habían matado gente y robado bebés. Los años pasaron y nunca pude dejar de mirar el predio. Escribo esto un 22 de marzo de 2011, a dos días del aniversario de los 35 años del golpe de Estado. En unos meses cumplo 25 años. Este año conocí la Esma por adentro. Ya van tres veces que voy. Hoy fui a conocer el casino de oficiales, el edificio del predio donde funcionaba todo. Es un edificio de tres pisos, con un sótano y un altillo. En el 1° y 2° piso dormían los militares. En el sótano, el altillo y el tercer piso recluían y torturaban a los detenidos. Desde “El Dorado”, el salón del casino, se planeaban los secuestros. Desde el sótano, se hacía la documentación falsa y la propaganda oficial de la dictadura. En los altillos funcionaban Capucha y Capuchita, los famosos centros de detención. Una vez que caías ahí, ya estabas encapuchado, esposado y listo para morir. Uno de los lugares preferidos de los milicos era el que denominaban “la Sardá por izquierda”, en referencia a la conocida maternidad. Así la bautizó Chamorro, el director de la Esma en esos primeros años de dictadura. En esas habitaciones donde hacían parir a las detenidas embarazadas cerraba el círculo de poder. Tal como cuentan los sobrevivientes, los represores exigían ser reconocidos como los “señores amos de la vida y la muerte”. Este Chamorro tenía una casa de fin de semana en un costado del casino de oficiales donde solía ir con su esposa y su hijo. No puedo dejar de pensar en la enfermedad reflejada en la convivencia entre represores y personas secuestradas. La lógica de la doble funcionalidad estaba presente en todo el predio. El tipo vacacionando en el mismo lugar donde sus subalternos torturaban gente. Los militares jóvenes que venían de otras provincias durmiendo a metros desde donde mataban a pibes militantes de su misma edad. ¿Y todos los que vivían cerca de la Esma, los que pasaban en el bondi, los que trabajaban en la zona? Eso mismo llevado a todos los lugares de terror que hubo en el país. ¿Nadie sabía? ¿Todos estaban distraídos? ¿Nadie se dio cuenta que Estado terrorista y modelo económico neoliberal eran las dos caras de una misma moneda? ¿Dónde carajo estaban todos mientras se morían los que estaban resistiendo? Me enojo con los hijos de puta. De ayer, de hoy y de siempre. Me enojo con los cómplices. Me enojo con los que siguieron como si nada. Me enojo con los que siguen como si nada. Me enojo mucho y después reacciono. Argentina es el único país que juzga a sus genocidas. Las Abuelas y Madres de Plaza de Mayo trabajaron y siguen trabajando para que podamos crecer como sociedad. Y nosotros no las vamos a defraudar.
*Este artículo lo que escribí para La Marcha 2.0 de Militancia Kreativa.
*La foto es del altillo del Casino de oficiales de la ex Esma, se lo conoce como Capucha. En ese altillo había más de 100 secuestrados, uno acostado al lado del otro, encapuchados y engrillados.


8:03 PM
¿Haciendo el amor y durmiendo y corriendo en chancletas rosas todo a la vez?
Eso no es patético, demuestra mucha destreza y habilidad.
He leído lindas cosas por aquí.
Te dejo un saludo.