mi hermana me dice por teléfono
que mi perra se murió,
es difícil entender lo que dice
entre tanto llanto
pero me cuenta que papá
la enterró en un parque
atrás de una virgen,
mi papá enterró a todas las mascotas
de la familia,
el gato minino, la tortuga maría
y la bartola,
nuestra perra,
que ya estaba vieja, sorda
y enferma de un tumor,
me siento mal por mí
y por mi hermana menor,
pienso que se nos murió algo de la infancia,
con bartola,
la última testigo de nuestra primera patria,
mi mamá tiró un colchón en el living
para dormir con ella los últimos días,
mi mamá tiró un colchón en el living
para dormir con ella los últimos días,
salgo del trabajo,
hoy que soy niña mayor de edad,
voy a una librería
y compro un libro de poemas
de raymond carver,
lo leo en un barcito de palermo
unas cuadras más adelante,
pienso que estoy esnobeando la tristeza
y me da risa,
abro el libro de carver en cualquier página
y caigo en el poema llamado “tu perro se muere”,
ahí es cuando saco el cuaderno
para escribir un poema al respecto,
anoto que hoy me afirmaron que todos los perros van al cielo,
si cerrara los ojos un minuto
estaría llorando pero sigo escribiendo,
prendo un cigarrillo
y miro la plaza serrano
desde la mesa,
hay tres chicos que levantan sus porrones
y mujeres que cargan regalos de navidad,
pasa el rey larva con una botella
y un viejo artesano
viene y me muestra unos aritos,
tengo la plata justa
para pagar esta cerveza,
le digo, y él,
no pagues, salí corriendo,
un día voy a ser distinta
y me voy a animar
a salir corriendo de los bares,
vuelvo a la bartola
que es hermosa,
reacciono que en realidad sería correcto
escribir que la bartola “era” hermosa
en tiempo pasado,
puro pelo y barro,
comía fideos
y tenía rastas atrás de las orejas,
una perra mansa y feliz
que sobrevivió mucho al mal humor
y a los fuegos de artificio,
la bartola viajó a uruguay y a entre ríos,
a los únicos lugares donde viajó la familia,
una vez volvíamos de la escuela con mi hermana,
y la bartola se cayó de la terraza
porque siempre quiso ser la primera en saludarnos
esa vez perdió el equilibrio de la emoción
y quedó un poco chueca,
algo que rápidamente convirtió en uno de sus encantos,
yo la bauticé bartola,
la que rompe las bolas
cuando tenía 8 años,
ahora cuando vuelva a la casa de mis padres
casi 20 veinte años después
y la bartola no me venga a saludar,
la voy a extrañar
por todas las veces en que me guardó la soledad
de la primera patria,
te estoy agradecida, bartola,
quería decírtelo
y escribir un poema con tu nombre








